Una mujer, casi siempre joven, blanca y vestida con ropa muy femenina, carga a su hijo mientras prepara pan casero y cuenta cómo decidió renunciar a su empleo, para dedicarse por completo a su familia, declarándose satisfecha y feliz.
Es probable que hayamos visto algún video de este tipo en redes sociales. Forma parte del universo tradwife, una tendencia que reivindica la figura de la “esposa tradicional” —traducido al español— y vende el regreso al hogar de amas de casa que priorizan cuidar a hijos, hijas y marido, a desarrollarse profesionalmente o tener un trabajo remunerado.
No es casual que este movimiento —que se ha gestado en países como Estados Unidos—, coincide con discursos conservadores que cuestionan la participación de las mujeres en la vida pública y reivindican una familia basada en roles rígidos: el hombre como proveedor y la mujer como cuidadora. Ella es la “reina de la casa”, pero quien manda en todo es su rey.

La explotación que está detrás
Esta defensa de los roles tradicionales también tiene un sesgo político: un estado y una sociedad que no comparten las responsabilidades de cuidados y delegan esa carga en las mujeres. De esta manera, el patriarcado vincula el cuidado como destino femenino, la dependencia como virtud y la sumisión como una forma de amor. Es así como el trabajo doméstico y de cuidados deja de verse como trabajo, tal cual lo señalan diversas feministas.
La popularidad de esta propuesta está siendo estudiada, ya que comenzó siendo tendencia en redes y cada vez más vemos cómo grupos ultraconservadores e influencers tradwife, mueven estas ideas en el mundo real para intentar eliminar derechos, tal como la propuesta de un voto por familia en Estados Unidos. El hashtag tradwife tiene más de 150 millones de menciones y vistas en Instagram y TikTok.
Pero, este modelo no representa la realidad de la mayoría de las familias. En Nicaragua y toda Latinoamérica, muchas mujeres trabajan y, al mismo tiempo, se encargan de cocinar, limpiar, administrar el hogar, criar a sus hijos y cuidar a familiares dependientes. Es lo que desde el feminismo llamamos la triple jornada.

Para muchas, tener un empleo remunerado no es una elección: es la manera de pagar el alquiler, la comida, la escuela o los gastos del chavalero. Y para quien sí puede dejar de trabajar fuera de la casa, hacerlo puede significar perder ingresos propios y su autonomía para depender completamente del dinero y las decisiones de la pareja.
Un montaje idealizado
Además, las redes sociales presentan una versión cuidadosamente seleccionada de la vida como tradwife, como señala la columnista mexicana Marysol Flores. En los videos aparecen recetas, rutinas de limpieza, maternidad y manualidades, pero rara vez aparecen el cansancio, la carga mental, los conflictos familiares, la violencia conyugal, las dificultades económicas o la dependencia que pueden acompañar este modelo.
Vemos el escenario, pero no todo lo que ocurre detrás del telón. Y existe una contradicción todavía mayor: muchas de las mujeres que promocionan este estilo de vida en internet obtienen ingresos precisamente gracias a convertir su supuesta vida doméstica en contenido.

Es trabajo, no amor
El feminismo lleva décadas señalando que cocinar, limpiar, criar y cuidar no son actividades que ocurren espontáneamente por amor, sino formas de trabajo. Desde los años 70, la pensadora marxista Isabel Larguía y John Dumoulin analizaron cómo ese trabajo era invisibilizado al etiquetarlo como una expresión de amor. Y, junto con otra filósofa, Silvia Federici, destacan que ese trabajo es indispensable para que el resto de la economía funcione.
Es sencillo: si una mujer pasa horas preparando comida, limpiando, cuidando chigüines o atendiendo a un familiar, desarrolla un trabajo, aunque no reciba un salario por ello. Y nadie llega a su empleo sin haber comido, dormido, vestido y, en muchos casos, sin que alguien haya cuidado previamente a sus hijos u otros familiares.
De esta manera, el trabajo doméstico reproduce diariamente la fuerza de trabajo y también contribuye a formar a las futuras generaciones de trabajadores. Sin embargo, al realizarse dentro del hogar, sin reconocimiento y sin remuneración, queda fuera de gran parte de las cuentas económicas. Ni la familia ni los gobiernos contabilizan este aporte económico.
Por eso la frase “lo hago por amor” puede ser mucho más compleja de lo que parece. El amor puede existir, por supuesto, pero no elimina el carácter laboral de las tareas que se realizan. Y esa es una de las manipulaciones más eficaces del discurso tradwife: convertir una función económica en una identidad femenina, que ha sido justamente una de los principales señalamientos feministas desde siempre.

Por eso, para los feminismos, la discusión debería ser quién sostiene la vida, quién paga por hacerlo y cómo se reparte esa responsabilidad. Una mujer puede querer quedarse en casa y esa decisión merece respeto; pero también debería poder elegir trabajar fuera, sin cargar sola con la casa y el chavalero. El cuidado no necesita ser romantizado: necesita ser reconocido y repartido de manera justa.
Fuentes documentales: Reflexiones sobre el auge tradwives / Conferencia de Silvia Federici. Las luchas de la reproducción / El nuevo trend de las Trad Wives: ¿qué es esto? / Las trad-wives





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