En octubre de 2024, una estudiante de la Universidad de Cornell, Estados Unidos, denunció que siete integrantes de la fraternidad Chi Phi la drogaron y abusaron sexualmente. También los señala de invitar a la agresión sexual a otros 50 hombres que compartían mensajes en un grupo de la aplicación de mensajería Snapchat.

En aquel momento, la universidad expulsó a dos de los denunciados y castigó al resto a cumplir servicio comunitario o escribir un ensayo sobre lo ocurrido. Actualmente la Fiscalía de Nueva York investiga la denuncia de Jane Doe, el alias que ha asumido la víctima.

Aunque la prensa llama a los acusados los Siete de Cornell, en este artículo preferimos decir los 57, porque, como señalan los análisis, existe una cultura de la violación que se expresa en saber lo que pasa y callar. Y es lo que hicieron los otros 50 estudiantes que actuaron como cómplices del pacto patriarcal al no mover un dedo para cuestionar la agresión, mucho menos para impedirla.

Este caso ha activado la indignación social por la pésima actuación de las autoridades, por los cuestionamientos a la víctima y por ejemplificar, una vez más, cómo la violencia sexual sigue ocurriendo mientras los pilares que la sostienen permanecen intactos. Por eso queremos compartir reflexiones que nos ayuden a comprender las dimensiones de esta violencia.

Violan por poder, no por placer

La antropóloga feminista argentina Rita Segato explica que el mandato de masculinidad con el que las sociedades patriarcales los socializan les dice que ser hombres es una posición que debe demostrarse constantemente ejerciendo poder, dominio y control.  

Para la psicóloga Cindy Cortés la violencia sexual no puede comprenderse únicamente desde el deseo sexual. Para analizarla, dice, “es necesario considerar las relaciones de poder, las creencias que normalizan la violencia y los factores sociales que desconocen la autonomía de otras personas”.

La violación entonces no la cometen hombres desbordados de deseo sexual, sino que es, en sí misma un acto de poder. Y cuando ocurre en grupo es además una forma de pertenencia, algo que hacen entre ellos para reconocerse, validarse y protegerse, como explica en un post @utopiadevenus.

Cuando la violación se anuncia a otros hombres con la frase vagina gratis, como ocurrió en Cornell, los perpetradores buscan despojar a la víctima de cualquier agencia señala @utopiadevenus. Y es un mensaje para que los demás —los 50 que estaban en el grupo de Snapchat, por ejemplo— “prueben su lealtad al grupo, midan su capacidad de crueldad y afiancen su jerarquía interna”.

Así moldea el patriarcado a los hombres

Aunque el poder se ejerce mayoritariamente sobre los cuerpos de las mujeres de cualquier edad, también los hombres lo pueden sufrir: aquellos sobre quienes se quiere practicar el poder. Como el caso del chavalo de 16 años que denunció a seis compañeros que lo agredieron sexualmente en el bus escolar, mientras regresaban de un partido de futbol. El hecho ocurrió en Perú en septiembre pasado. La Fiscalía investiga y los acusados están retenidos de forma preventiva.

Pero la violencia sexual y la masculinidad no se relacionan de forma natural. No es que los hombres son violentos por naturaleza. Es una práctica aprendida en la cultura patriarcal que “enseña a los hombres a desconectarse de sus emociones, a asociar la vulnerabilidad con debilidad y a entender el poder y el control como componentes de la masculinidad”, como cuenta @canelabayona siguiendo el análisis de la feminista bell hooks.

Por un lado, aprenden que para ser hombres no pueden mostrar miedo, expresar dolor o reconocer la necesidad de afecto. Y si rompen el modelo y lo expresan, se convierten en objeto de humillación, violencia y exclusión.  

Y de otro lado, el modelo de masculinidad dominante fue construido a base de dominación, competencia, conquista sexual y jerarquía. Por eso, los cuerpos de otras personas se vuelven el territorio ideal sobre el cual demostrar su poder.  “La cultura les enseña que para ser hombres de verdad tienen que dominar a alguien” concluye @canelabayona.

La cultura de la violación

Tantos casos de violencia sexual a nivel mundial no se explican solo por el comportamiento de hombres específicos, que actúan de forma individual o grupal. Como sociedad también hemos normalizado y minimizado otras prácticas y creencias “no tan graves”, como el acoso callejero o la idea de que nosotras provocamos la agresión por cómo nos vestimos o comportamos.

Investigaciones citadas por la usuaria @doslatinas.comunidad sugieren que aceptar este tipo de conductas, conocidas algunas como mitos sobre la violación, hace que sea más fácil para las personas admitir la presión para tener intimidad sexual.

Estas ideas de por sí son problemáticas, porque cambian la responsabilidad de lugar y el culpable ya no es el agresor sino la víctima porque había bebido, andaba sola, usaba ropa provocativa o ya había tenido relaciones con él. Pero lo más grave es que de esta manera fomentamos la cultura de la violación.

Por eso, al grito de justicia por las víctimas, las voces que han hecho público su repudio ante los casos de violencia sexual, demandan de que termine el apañamiento entre hombres y las conductas que alientan la cultura de la violación.

Para conocer el caso Cornell puede leer más aquí:

Cronología del caso Cornell, de la denuncia de violación múltiple a la indignación pública

Para conocer más sobre el caso en Perú:

Un alumno denuncia que sus compañeros lo abusaron en un autobús. El caso expone la crisis de violencia sexual escolar en Perú