Soy Karla Jacinto, vocera en el tema de trata de personas en México. Tengo 33 años, pero a mis 12 no entendía bien los conceptos de amor, cariño, atención. Venía de una familia disfuncional, mi madre fue criada con golpes y obvio que su concepto de amor era darnos ese mismo tipo de educación. No había abrazos, contacto físico, un te quiero, cómo estás, cómo te fue en la escuela.

Desde los cinco años viví abuso sexual por parte de una persona cercana a la familia. Por eso las películas y cuentos de Cenicienta, Blancanieves, de las princesas, eran muy importantes para mí. Creía que todas las personas que vivían algo trágico lo podían transformar en algo mágico. Así es que a la primera persona que se me acercó y me dijo: «Eres bonita», pues le creí.

Eso ocurrió en el sitio donde solía juntarme con mis amigos, en una parada de metro que quedaba a media hora de la mía. Ni mi mamá ni mis hermanos se daban cuenta que yo me iba sola. Yo andaba en las calles porque no había alguien que supervisara mis salidas.

El tipo que me enamora, el que me capta, ya me había identificado: una niña sola, que siempre anda por ahí. Vio mi vulnerabilidad, ve que soy una niña necesitada. Luego vino el “enganchamiento”. Era joven, pero bastante mayor que yo. Me dice que estaba bonita, me da atención y me cuenta una historia similar a la mía: que a él le pegaban de niño, que dejó de estudiar para ayudar a su familia y entonces, hicimos clic. Luego me dice que quiere casarse conmigo, que quiere hacer una familia, y yo «¡Wow!».

A la semana, me lleva a conocer una ciudad cercana y era como todo de corazones, mariposas en la panza. Me llevó en un carrazo, rojo, del año, que me dejó maravillada. En mi familia éramos de muy bajos recursos, vivíamos en un cuarto, mis hermanos, mamá y yo. Me presentó a sus primos quienes me dijeron que ya me conocían de lo mucho que hablaba de mí —el que, ahora sé—, era el tratante. Tuve miedo: eran cuatro hombres y yo una niña, pero me convencieron que nada me iba a pasar.  

Regresé a casa como a las 2:30 de la madrugada y mi mamá me dijo que ya no me quería ahí. Como ya eran muchas las veces que me había corrido, dije «pues ahora hay una persona que me va a dar todo lo que tú no me das». En una semana el tratante había logrado sacarme de mi entorno familiar.

Los siguientes tres meses viví bien, me vistió, me calzó, me dio amor, afecto, todo lo que yo necesitaba y lo que me había prometido. Tuvimos intimidad y me consintió. Hasta que un día me dijo que tenía que trabajar; yo imaginando que iba a lavar la ropa y eso, pero rápidamente me aclaró lo que tenía que hacer.

Me llevó a un prost1bul0 en la ciudad principal, donde no me dejaron trabajar por la cara de niña que tenía. Entonces me presentaron a la Morena, quien me enseñó lo que tenía que hacer. Nos llevaron a una casa de citas y ahí empezó todo el martirio. De un día para otro mis pantalones se convirtieron en faldas, mis tenis se convirtieron en tacones, mis suéteres o playeras en tops y de repente ya era una niña que se convirtió en objeto sexual para muchas personas.

No fue fácil, si bien yo venía del abuso constante de los 5 a los 12 años, era una sola persona, ahora iban a ser personas diferentes cada día. La primera vez me tocó un señor ya grande que lo primero que me dijo fue: «Tú naciste put4 y te vas a morir put4». Y empezó a abusar de mí, pedí auxilio y él se burló de mí, me escupió y golpeó.

Así es que pasa uno, pasan dos, pasan tres, pasan cuatro, se convierten en 30 y lo que hacía era cerrar los ojos y pensar en cuándo iba a acabar. El tratante nada más me tocó el hombro y me dijo: «Lo hiciste bien, mañana lo harás mejor».

Con el tiempo mi cuerpo se acostumbró a todo tipo de violencia. El tratante me pegaba con puño cerrado, a patadas, con cadenas, cables. Me quemó con una plancha. Tuve un aborto de gemelos y en un segundo embarazo, me mantuvo trabajando del primero al octavo mes.

Por esos días conocí a un cliente de 62 años. Cuando entró me dijo que era muy niña y más bien me pagó por descansar. Empezó a llegar cada día hasta que se ganó mi confianza, él vio lo que me pasaba: lo del aborto, el derrame que tuve por las pastillas que me dieron para abortar, me llevaba medicamentos para aliviar el dolor. Hasta cuidó mi segundo embarazo.

Me quitaron a mi hija al mes de nacida, todo esto lo viví con este señor de apoyo, hasta que me convenció de que escapara. Ya mi hija tenía un añito y me decidí. Llamé a una tía y me alentó a que me fuera de ahí.

Tuve que pagar mucho dinero para que me dejaran salir, el señor puso la mitad y yo la otra, a punta de trabajo. Cuando llegó el día, tanto la vecina como el dueño de la tiendecita de la calle me ayudaron, junto con el señor. Cuando iba en el bus pensaba que venían detrás de mí.

Con apoyo de mi tía denuncié y encontramos un refugio para mí y mi hija. A mi mamá la vi dos años después. Yo no sabía todo lo que mi familia había hecho para buscarme. Ella se enfermó de la angustia, mis hermanos me buscaron. Estaba reportada como desaparecida. Nuestra relación ahora es diferente, tenemos otras ideas y experiencias de lo que es una familia.

Para mí es muy importante que padres y madres sepan que los hijos e hijas necesitan tiempo de calidad, tiempo de estar en familia, que no todo es trabajo. Hay que poner atención a las niñas y los niños.

Hoy desde los siete años tienen redes sociales que los expone como un gran catálogo para el mundo. Los juegos en línea hoy son el número uno en la captación de niños y niñas adolescentes. Tenemos que hablar de prevención con ellos y ellas para que no se repitan historias como la mía.

Fuente documental: testimonio adaptado del pódcast #221 Resignificando Ando de Shulamit Graber, psicóloga, terapeuta familiar sistémica y especialista en trauma, capítulo Así opera la tr4t4: una promesa de amor puede ser una trampa 

Karla Jacinto trabaja en la Fundación Libera México desde donde abogan por la prevención y atención de las víctimas de trata de personas. Es mamá de dos chavalas de 18 y 13 años.

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