A Toño nunca se le olvidará la forma en que le enseñaron que había que hacer oficios domingueros antes de ver El Chavo o cualquier película de acción. Si se le ocurría saltarse alguna de las tareas asignadas, la tía que lo crio, lo ponía de rodillas frente a la pared sobre granos de maíz un buen rato. Así no le pegaba con violencia, “pero aprendía la lección”.

Esa dolorosa postura a la que fue sometido Toño se considera castigo corporal y trato humillante al mismo tiempo. Toño es uno de los mil 200 millones de niños y niñas que en todo el mundo sufren castigos en sus hogares, según el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Los castigos corporales son todos aquellos en los que se utiliza la fuerza física con el objeto de causar cierto grado de dolor o malestar a niñas, niños y adolescentes, aunque sea leve. Pueden ser golpes con la mano u otro objeto, empujones, fajazos, pellizcos, mordidas, jalones de cabello u orejas, quemaduras, obligarles a mantener posturas incómodas u otro acto que busque causar dolor o malestar, aunque sea leve.

El trato humillante es cualquier trato ofensivo y denigrante que devalúa a niñas, niños y adolescentes, que les estigmatice, ridiculice y menosprecie y que tenga como objetivo amenazarle, provocarles dolor, molestia o humillación.

Los impactos negativos

Toño ya es adulto y dice que no le guarda rencor a su tía, porque también le garantizó educación y salud, pero juró que al convertirse en padre nunca trataría a sus hijos o hijas de esa manera. Y tiene razón porque los estudios indican que la violencia no educa.

Por el contrario, los castigos corporales se asocian a efectos serios en niñas y niños en todos los países y culturas, como problemas de salud física y mental, retraso del desarrollo cognitivo y socioemocional, un menor rendimiento académico, mayor agresividad y un mayor uso de la violencia.

Los efectos pueden ser a corto y largo plazo, como conductas violentas, antisociales o delictivas en la edad adulta; daños físicos indirectos que derivan en enfermedades serias,  entre ellas, el cáncer, problemas relacionados con el consumo de bebidas alcohólicas, migrañas, enfermedades cardiovasculares, artritis y obesidad, que persisten en la edad adulta, según la Organización Mundial de la Salud.

Qué hacemos para educar sin violencia

Miriam vivió experiencias similares a Toño, cuando se juntaron y tuvieron a sus gemelas buscaron información sobre cómo educarlas con crianza positiva, que es un enfoque centrado en el desarrollo saludable y el bienestar emocional de la niñez, con énfasis en el respeto mutuo, la comunicación efectiva y el fortalecimiento de los vínculos familiares.

Para hacerlo, especialistas recomiendan que revisemos cómo nos criaron, cómo nos hizo sentir ese tipo de educación y qué aspectos no queremos repetir con nuestra descendencia, porque si no lo reflexionamos, podríamos hacerlo de forma inconsciente.

Además, tenemos que empezar a gestionar nuestras propias emociones, porque muchas veces como madres o padres recurrimos al autoritarismo, al insulto o al golpe, porque no sabemos cómo lidiar con los sentimientos de rabia, miedo, impotencia o frustración que nos generan los comportamientos “inadecuados” de nuestros hijos e hijas.

Una vez realizada esa reflexión, podemos empezar a poner en práctica elementos de crianza positiva. Aquí unos principios básicos, pero fundamentales:

  • Establezcamos límites claros. Esenciales para dar estructura y seguridad al chavalero. Reglas claras y consistentes explicando las consecuencias si no las cumplen.
  • Reforcemos el comportamiento positivo. Cuando ayuden, se responsabilicen por algo que hicieron o demuestren solidaridad con alguien, es bueno elogiar y recompensarles. A la vez, el reconocimiento debe ir hacia lo que él o ella hizo para obtener ese resultado. Eso se llama alentar y ese aliento va más allá de que se sienta aprobado o no por los demás.
  • Fomentemos la comunicación abierta. Escuchemos activamente, que sientan que pueden compartir sus pensamientos y emociones. Eso fortalecerá el vínculo y la confianza mutua. Hay que observarles, acompañarles con nuestra presencia y darles la libertad de que experimenten, acierten y se equivoquen.
  • Practiquemos la empatía. Ponernos en su lugar y tratar de entender sus perspectivas y emociones es crucial, así creamos conexión emocional y que sientan que les comprendemos.
  • Enseñemos a resolver conflictos. Ayudemos al chavalero a expresar sus sentimientos de manera asertiva y a buscar soluciones constructivas, siempre con ejemplos prácticos.
  • Promovamos la autonomía. Permitamos que tomen decisiones y asuman responsabilidades adecuadas a su edad. Así desarrollan su independencia, fortalecen su autoestima y confianza en sus habilidades.

Finalmente, recordemos que las palabras tienen poder. Tomemos conciencia de cómo las usamos cuando nos comunicamos con hijas e hijos.  Emplear palabras positivas, en lugar de negativas, repercute de forma directa en el funcionamiento del cerebro, lo hace más receptivo y tolerante a la frustración. Además, promueve la autonomía, fortalece la autoestima y fomenta la cooperación.

Este 30 de abril es el Día Internacional para Poner Fin al Castigo Físico y Trato Humillante contra Niñas, Niños y Adolescentes y por ello animamos a padres, madres o personas tutoras a buscar alternativas para educar sin violencia.

Fuentes documentales:

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