Gente poderosa de la élite política, económica, académica y social de Estados Unidos, Europa y algunos países latinoamericanos, ha sido cuestionada por tener vínculos con una extensa red de tráfico y explotación sexual de chavalas menores de edad que operó durante más de 20 años, liderada por el estadounidense Jeffrey Epstein.
Epstein ya había sido investigado en los años 2000 y en 2008 logró un polémico acuerdo judicial en el que se reconoció culpable de solicitar servicios de “prostitución” y de hacerlo con una menor de 18 años, a cambio de una condena mínima de 18 meses, de los cuales sólo cumplió 13. Hasta el momento se han identificado a más de 1200 víctimas, según Todd Blanche, fiscal general adjunto de Estados Unidos.
Víctimas y periodistas siguieron investigando y lograron que fuera arrestado nuevamente en 2019 por cargos federales de tráfico sexual. Mientras esperaba juicio, fue encontrado sin vida en su celda “por suicidio” en agosto de ese mismo año, provocando múltiples teorías y cuestionamientos públicos a las autoridades a cargo.
Por presiones públicas, el Departamento de Justicia de Estados Unidos liberó seis millones de documentos vinculados al caso y es lo que ha permitido conocer nombres de personas que participaban en las fiestas y actividades organizadas por Epstein. Así hemos visto a presidentes, ministros, empresarios, gurús y personas de la realeza, entre otros, aparecer en correos electrónicos y fotografías, por ejemplo.

El poder protege a los poderosos
A pesar del horror que ha provocado la cobertura mediática de este caso, el debate en los medios tradicionales y en redes sociales ha girado principalmente sobre qué personalidades aparecen vinculadas al caso. Pero, como bien analiza el equipo de @misspolitica, el caso Epstein no solo es un «escándalo sexual»: es una radiografía del vínculo entre élites, impunidad y redes internacionales.
Lo que pasó en las altas esferas no está lejos de lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en nuestros países, porque uno de los elementos en común es que hay una estructura de poder que sostiene y ha normalizado ver y usar a las mujeres como objetos sexuales al servicio de los hombres sin que haya consecuencias. Las víctimas no han dejado de serlo a pesar de las denuncias.
Como mencionan @lasigualadas, esta red estuvo “protegida por vínculos con el poder y por una justicia que avanzó sin enfoque de género, revictimizando a quienes denunciaron”.

Del “monstruo” que acapara titulares al “sistema” que lo hace posible
Para la feminista estadounidense Rebecca Solnit “hay un problema más grande que Epstein y es el sistema que lo sostiene”. Cuando “reducimos a un nombre” (Epstein) los años de abusos de menores y el tráfico sistemático de mujeres por parte de una élite de hombres con poder, no cuestionamos la estructura e invisibilizamos millones de violencias cotidianas», añade la activista @vdeviola. Hablar del agresor como “monstruo” hace que el problema se convierta en excepción y así se protege la cultura que lo reproduce.
En Nicaragua tenemos muchos ejemplos. Uno de ellos ocurrió a inicios de los años 2000, cuando conocimos la noticia de que la justicia italiana acusaba al sacerdote Marco Dessi por abusar de menores en Chinandega. Seis jóvenes, que siendo niños habían participado en algunas de las iniciativas que desarrollaba el sacerdote, denunciaron cómo fueron abusados por el cura. Un voluntario italiano les creyó y llevó la denuncia a su país, porque no confiaba en la justicia pinolera.
Cuando el abusador fue detenido, una parte de la sociedad chinandegana estalló en violencia contra los jóvenes acusándolos de mentir y querer destruir la imagen del sacerdote y sus “buenas obras”. Dessi, al igual que Epstein, tenía recursos y hacía obras sociales. Aunque Epstein fue condenado, las élites siguieron frecuentándolo sin ningún problema durante 10 años más.

Una cultura que fomenta la pedofilia
Muchas feministas explican que la cultura actual promueve esa tolerancia y normalización del abuso a niñas, niños y adolescentes. Esto ocurre a través de dos vías: la hipersexualización de las niñas y adolescentes y la educación sexual que reciben a través de la industria pornográfica, como señala la investigadora feminista Gail Dines.
A las mujeres se nos imponen modelos de belleza donde verse más joven es el ideal y eso puede estar ligado a una cultura pedófila. La pedofilia se refiere a la atracción erótica o sexual que una persona adulta siente por niñas y niños y la pederastia es cuando violentan sexualmente a las infancias.
El portal feminista LaCaderadeEva señala cómo a través del lenguaje, la música y el humor, por ejemplo, se reafirma constantemente la imagen de mujeres con características físicas y comportamientos relacionados con las niñas, como la ausencia de vello púbico, pieles sin marcas de expresión o arrugas, genitales pequeños y rosados, entre otras. “Vivimos en una sociedad que sexualiza los cuerpos infantiles e infantiliza a las mujeres adultas para hacerlas ‘más atractivas’”, resume el artículo.
La p0rn0grafía, por su parte, alienta en los hombres desde su adolescencia, imaginarios pedófilos y naturaliza la violencia sexual hacia las mujeres.

El rol de las mujeres en este caso
La investigación contra Epstein también involucró a cuatro mujeres como sospechosas de reclutar niñas en situaciones de vulnerabilidad. En 2022, Ghislaine Maxwell, expareja y colaboradora cercana de Epstein, fue condenada a 20 años de prisión por tráfico sexual, prostitución infantil y conspiración para reclutar menores. Al resto no se les ha podido comprobar nada y han declarado a su favor que también fueron víctimas.
Las mujeres involucradas aparecen como piezas necesarias utilizadas por hombres con poder (sea económico, político o simbólico por las relaciones entre ellos) para el funcionamiento de un sistema que va más allá de la violencia sexual infantil y adolescente.

¿Por qué no han caído estas redes?
Como expresa el equipo de @misspolitica hay varios factores:
- Involucran capital económico y político
- Operan en redes transnacionales
- Existe corrupción judicial
- Porque las víctimas suelen ser socialmente vulnerables
- Porque el “escándalo” existe mientras llega otro titular y hay tolerancia social cuando el acusado es poderoso.
- Porque hemos normalizado la pedofilia, no en el discurso explícito, pero sí en la forma en que reaccionamos con un consumo masivo de contenidos hipersexualizados y una cultura que erotiza la juventud extrema.
Y añaden que, si la protección depende del apellido, del dinero o la agrupación política, estamos ante una crisis estructural del poder. “La verdadera pregunta no es quién aparece, sino quién tiene el poder de transformar esta información en consecuencias”.




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